
Entre los escritores madrileños de finales del siglo XIX y comienzos del XX, primero burgueses y luego fascistas (o bien, lo uno y lo otro a la vez) existe un tópico literario si no ponzoñoso, sí al menos ridículo, que marca buena parte de la «crónica» urbana de la época. Es aquel que, entre la burla y el miedo (o bien, lo uno y lo otro a la vez) describe el acceso de las clases bajas a espacios centrales de la ciudad, casi siempre remarcando su torpeza e incultura para moverse y adoptar los códigos «necesarios»; su suciedad, su brutalidad y su impropiedad.
No se trata del mito del «paleto» llegado del campo: son verdaderos «indígenas populares» de los barrios bajos que, como fabulaba Dionisio Chaulié, «no habían llegado nunca a la Puerta del Sol»1. Un hiper-localismo paródico que se construye a través de tipos y tópicos (manolismo, majismo, chulapismo; los isidros…) y que nos habla más bien de los severos métodos de organización espacial y social en la nueva ciudad burguesa a partir del siglo XIX; métodos sancionados a través de leyes, de desiguales recaudaciones de impuestos e inversiones públicas, del veto a la participación política, de violencia policial, de rentismo y servilismo, y de descrédito social. Una organización que, cuando se quiebra –o cuando amenaza con hacerlo–, parece poner en jaque a toda la ciudad en consecuencia. ¿Es tan débil el centro después de todo?
Así parece temerlo el fascista Tomás Borrás, a mediados de los años 30: «a la Puerta del Sol afluía el suburbio, madre de la miseria y el andrajo; los barrios bajos vomitaban en el centro de la capital heces turbias, pasando por allí desde mujerzuelas y comadres, hasta tiznes de obreros de andamios, carreteros de faja y faca o huertanos del riego con agua de alcantarilla»2. Palabras a las que se sumaría Agustín de Foxá: «Hervía de gente la Puerta del Sol. Todo el ambiente había cambiado. Se veían otras caras, otras personas. Los obreros ya se atrevían a llegar al centro de la ciudad y se estacionaban en la acera del “Bar Flor”. El 14 de abril les había enseñado un camino que ya no olvidarían nunca»3. Solamente el paseo, el gozoso paseo de unas poblaciones concretas podía hacer que se tambaleara todo el orden urbano.
La Guerra Civil, en clave local, puede ser leída como una violenta operación de vuelta al orden social y espacial. En diciembre de 1937, en medio del largo asedio fascista a la ciudad, en la Revista Vértice aparecía un desplegable de dos metros mostrando una fotografía del doctor Zurriarain con una vista panorámica de Madrid «al alcance de la mano». Observando la ciudad «desde estas trincheras» (franquistas), Edgar Neville acompañaba con un largo texto la imagen:
Tú sabes que no luchamos contra ti, sino por ti. Te das cuenta de que nuestras granadas son para defenderte de los que te invadieron y de los que te profanaron asesinando a tantos madrileños finos y recortados. Son para esos Isidros que se quedaron, para esas gentes de fuera que habían transportado, como gitanos, sus pueblos a tus alrededores, a Tetuán, a Vallecas, a las Ventas, y con ellos su rencor y su envidia por tu pureza diáfana, por tu garbo y tu donaire. Les había dado por llamarse también madrileños, pero no lo eran; el pueblo de Madrid vivía en los barrios bajos, tal vez, pero nunca en Tetuán ni en barrios que se llamasen el Progreso, ni el Comercio… (…) Levantaremos murallas, Madrid, para que nos dejen en paz, una vez que hayamos expulsado a los Isidros. Vamos a ser más exigentes con las visitas, y vamos a impedir que dejen de serlo y que se instalen junto a nosotros para, de repente, estrangularnos como ahora. (…) Los rebaños, las masas, eso, que discurra fuera, en otros lugares más apropiados. (…) No eran tus hijos los que más alborotaban, eran gentes que llegaban de los pueblos a dar gritos a la Puerta del Sol, y nosotros les dejábamos como si estuvieran vendiendo algo. Y nos estaban vendiendo a nosotros.4
La fotografía del doctor Zurriarain está tomada desde las afueras de la ciudad, al oeste, al otro lado del Puente de Segovia, en los altos de Carabanchel; posición desde donde el ejército fascista bombardeó durante tres largos años una ciudad que se negó a rendirse. Un bombardeo que, a pesar de lo cruento y sistemático, no fue indiscriminado: mientras dejaba intactos los barrios acomodados, se cebaba con Vallecas, con Tetuán, con Argüelles, con Embajadores, en una aparente guerra contra el extrarradio. En una guerra contra un la posibilidad de un orden distinto.
Es el mismo punto de vista, desde el oeste y al otro lado del Puente de Segovia, que toma el grabado de Christian Gottlob Hammer, fechado algo más de un siglo antes de la fotografía panorámica. El miedo contra este extrarradio es el miedo contra nuestros rebaños; contra nosotras, mujerzuelas y comadres, contra los carreteros, los obreros y los huertanos del riego con alcantarilla. Es el miedo contra un plural más grande que uno mismo. Es el miedo contra la persona que viene de fuera, de las afueras del mundo, en una ciudad empeñada en amurallarse a pesar de que, le guste o no, todo es extramuros en todas partes. Es el miedo a un centro que es cada vez más periferia; un centro que es todo afueras, todo vacío, todo soledad, todo muerte. No hay más estrangulamiento que el de las murallas. Estrangulémoslo, pues: todo, o casi todo, es periferia.
Texto de Juan de Salas








Los elementos clicables han sido extraídos de pinturas que retratan el extrarradio madrileño de los últimos tres siglos, entre otros, de autores como Aureliano de Beruete, Francisco de Goya, Carlos de Haes, Ramón Bayeu, José Ribelles, Luis Paret, José del Castillo, etc.
- (1) Chaulié (1884), en PARÍS, Álvaro. «La construcción del pueblo bajo en Madrid. Trabajo, cultura y política popular en la crisis del Antiguo Régimen (1780-1833)», Sociología Histórica 3/2013, p. 355 ↩︎
- (2) Tomás Borrás, en BOX, Zira. «La mirada sobre Madrid: anticasticismo y castellanismo en el discurso falangista radical de la inmediata posguerra», Historia y política, no 27, enero-junio (2012), p. 149. ↩︎
- (3) SANTIÁÑEZ, Nil. «El fascista y la ciudad» en BAKER, Edward, y ALAN COMPITELLO, Malcolm (eds.). Madrid. De Fortunata a la M-40. Madrid: Alianza, 2003. P. 217. ↩︎
- (4) NEVILLE, Edgar. «Madrid», Vértice, no 7-8, 12/1937, p. 55 ↩︎